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“Señor, si así os place…”

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“Ahora hemos de trabajar que ya descansaremos en el paraíso”, es una de las frases más recordadas de nuestro santo patrono y quizá la que mejor describe su vida.
Don Bosco fue un trabajador incansable, la fuerza de su alma y el deseo de seguir ayudando a tantos jóvenes parecían no tener límites. Día tras día, sin tomar ningún momento de descanso, entregaba todo el tiempo a sus muchachos, los confesaba, enseñaba, jugaba con ellos y los conocía; y cuando el trabajo físico parecía acabar, su mente no paraba de idear formas de atraer a más niños o maneras de ayudar a alguno con sus problemas. Los amigos sacerdotes aconsejaban a Don Bosco que descansara un poco, pero él, siempre con alegría, continuaba su labor en el oratorio. Nuestro santo encontraba tiempo para todo y no paraba de trabajar para el Señor.
Pero a pesar de que su impulso espiritual y ganas de trabajar por la juventud parecían inagotables, las fuerzas del hombre tienen un límite. Así, en julio de 1846 el estilo de vida de Don Bosco comenzó a deteriorarle la salud.
Un domingo luego de un largo día de trabajo, al llegar Don Bosco a casa su cuerpo no aguantó más y se desmayó. Los médicos le diagnosticaron una bronquitis que rápidamente empeoró y lo llevó a una situación sin esperanza: muy joven aún y con una misión que recién empezada, Don Bosco estaba a punto de morir.
Mientras estuvo grave en el hospital, los jóvenes lloraban desconsolados, pues estaban a punto de perder a la persona que más los quería. Por su parte Don Bosco, con esa paz que lo caracterizaba en los momentos de dificultad, se sentía listo para partir a la casa del Padre. Aunque le dolía dejar a sus muchachos, sabía que la obra que Dios había fundado a través de él, permanecería aún y cuando faltase.
Cuando los jóvenes se enteraron de los malos pronósticos para la vida de Don Bosco, no se quedaron con los brazos cruzados; con su fe fortalecida por las enseñanzas del santo, comenzaron a orar fervorosamente. Los muchachos realizaron visitas al hospital pero, como no les permitían pasar a verlo, hicieron grupos para orar durante todo el día en el santuario. Colocaron veladoras, asistieron a misa y comulgaban, pedían la intercesión de María para que le devolviera la salud a su amigo y maestro, y algunos incluso hicieron ayunos durante varios días. Otros prometían a Dios ayunar durante meses o años y rezar el rosario entero por un mes, un año o durante toda la vida. Todo esto para que aquel joven sacerdote recuperara la salud y con ello, la salud del alma de tantos jóvenes que lo necesitaban.
Esta situación verdaderamente puso a prueba la fe de los muchachos, que con una intención sincera y gran amor, suplicaban por la vida del santo y le pedían a Don Bosco que también rogara a Dios por su recuperación. Pero Don Bosco solo respondía “dejemos que el Señor haga su santa voluntad”. Los muchachos no estaban conformes y después de mucho insistir lograron arrancarle a su amigo y maestro una sola oración: “Señor, si así os place, curadme”. Y entonces quedaron tranquilos pues sentían que solo hacía falta que Don Bosco se dirigiera a Dios para que sus oraciones llenas de fe fueran escuchadas… y tuvieron razón.
A la mañana siguiente de aquella noche crítica, los doctores dieron la noticia esperada: Don Bosco estaba curado. Con ello la felicidad volvió a llenar el oratorio; los jóvenes lloraron y festejaron de alegría, aquel día fue una fiesta que Don Bosco aprovechó para agradecerles las oraciones realizadas con tanta fe y para prometerles que el tiempo que le restara de vida lo dedicaría a ellos, como hasta entonces lo había hecho. Asimismo, les recordó que llegaría un día en que todos deberían morir y precisamente por eso, tenían que aprovechar el tiempo y vivir como buenos cristianos para encontrarse con Dios en el paraíso.
Por instrucciones de los médicos Don Bosco debía descansar por un tiempo, por lo que decidió ir a I Becchi a la casa de su madre, lugar en donde debía recuperar fuerzas y descansar. A pesar de que le aconsejaron que estuviera ahí por espacio de un año, él solo permaneció tres meses, pues su espíritu estaba deseoso de trabajar y su cuerpo ya se lo permitía. Al volver al oratorio lo acompañó su madre, Mamá Margarita, que a partir de entonces se convertiría en fiel compañera y ayuda para realizar su misión.
En este año bicentenario, Don Bosco nos recuerda la importancia del trabajo y de no descansar hasta, como él, conseguir una sociedad más justa. Nos enseña también a cumplir y aceptar la voluntad de Dios en todo momento; es el santo que nos muestra con su vida, que aún en los momentos de dificultad Dios no nos abandona y nos acompaña de distintas maneras.
Por su parte, los discípulos del santo nos dejaron también una lección, una lección de fe, que nos demuestra que el poder de la oración de corazón puede hacer milagros en las situaciones más adversas. Hagamos pues vida las palabras de Don Bosco y el ejemplo de sus muchachos y como ellos, trabajemos con fe para también encontrarnos algún día con ellos, en el paraíso celestial.

Por Paulina Carrillo Gutiérrez
Boletín Bicentenario – Marzo Abril 2015

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