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“Yo decido ser mediocre o ser feliz”

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Cuando somos niños todos pasamos por un momento crucial en el que, por alguna decisión nuestra de romper el acuerdo con nuestros padres, rompíamos algo de un gran valor para nuestra familia, nos encontrábamos en el vergonzoso límite de correr y escondernos, o quedarnos allí y asumir la culpa. Esa decisión nos llevaba a dos situaciones complicadas, primero a cargar con esa responsabilidad que nunca nadie se enteraría pero que nosotros mismos recordaríamos a cada instante que fuera posible; o segundo, a asumir los regaños, que iban desde gritos hasta consecuencias como castigos; ambos escenarios no nos llevaban a una emoción agradable, pero esto es la parte más oscura y a su vez, la parte más elevada de la responsabilidad, a pesar del dolor de tener la capacidad de ver más allá que mis emociones, ver lo que transformo cuando me responsabilizo. Por otro lado, existe la parte más deseada de la responsabilidad, la cuál va de un trabajo lleno de esfuerzo que es recompensado por quienes lo alcanzan a percibir, en donde le muestro un dibujo a mis papás y ellos se alegran y lo comparten a todas las personas posibles, estas escenas infantiles constantemente son repetidas en toda la historia de nuestra vida para comprender, que la responsabilidad esta en asumir nuestros actos a cada instante, decidir que soy yo el involucrado conlleve una emoción positiva o negativa.

 

Lo triste es que como humanos nos hemos aferrado a darle a la responsabilidad una connotación negativa o complicada, siendo la responsabilidad un deseo del ser humano, nos hemos rodeado de pensamientos como “no seas flojo, responsabilízate” “trabaja duro”, sin darnos el tiempo de explicar que es gracias a la responsabilidad que el ser humano adquiere su valor y dignidad. Lo que sí es necesario comprender es que este valor indudablemente va definiendo nuestra esencia, quienes somos y que tan capaces podemos llegar a ser como cristianos, en las buenas y en las malas. Ser responsable es amar, ser libre y sobre todo ser feliz.

Amar: Cuando yo amo de verdad, me responsabilizo de tu persona, te procuro, busco tu felicidad y estoy constantemente compartiendo la vida contigo, en lo próspero y sobre todo en lo adverso, en la salud y sobre todo en la enfermedad. Dame amor cuando menos lo merezca porque es cuando más lo necesito, esto es ser responsable y amar.

Ser libre: Shaw nos menciona “La libertad significa responsabilidad; por eso, la mayoría de los hombres le tiene tanto miedo”, mundo entero hemos caído en la errónea idea de que ser libre significa evadir responsabilidad, siendo la libertad todo lo contrario, es por eso que a las personas les gusta depender de alguien, les encanta ser posesionados por otros, cuando yo entiendo que el amor es libertad y la libertad está trazada por la responsabilidad, entonces, te dejo ser quien realmente eres y me responsabilizo, te procuro, me comparto contigo, esto es la verdadera libertad.

Felicidad: Quien se responsabiliza por lo que hace con lo que siente, por su historia de vida, por sus pensamientos y sobre todo por sus acciones, es una persona con una esencia que se va transformando a Dios, es una persona feliz, es una persona que vale la pena tener a nuestro lado, es el tesoro de la humanidad, el responsable no es el extremista del grupo, no el totalmente estructurado, ni el vagamente libre, si no el conscientemente equilibrado, el responsable se cuida y cambia, se protege y es vulnerable, se molesta y es asertivo, se emociona y es afectivo, el responsable es el que en las buenas y en las malas, con su pasado, su presente y su supuesto futuro, decide ser feliz.

 

Por: Jorge Eduardo Gómez de los Santos
Boletín Bicentenario – Marzo Abril 2015

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